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De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.
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De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.
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De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.
x De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.
x De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.
x De lo Infinito Virginia de la Cruz Lichet Al observar las dunas de Luis Vioque no puedo dejar de pensar en una fotografía que Roger Fenton tomó en el año de 1855, durante la guerra de Crimea. En ella, un campo de batalla, abandonado ya por todos, ausente, con algunas huellas del paso del hombre, autodestructivo, y nada más. Aquella imagen la tituló Valley of the Shadow of Death. ¿Será ésta la primera fotografía desértica que se tomó? Quizás no, pero eso sí, se trata de un lugar de silencio, como los paisajes fotografiados por Luis Vioque. Como fotógrafo viajero, Luis Vioque realizó esta serie no tan lejos, en la Reserva Natural de las Dunas de Maspalomas en Gran Canaria, entre los años de 2007 y 2008. Fue un encuentro fortuito, casi sublime, con una Naturaleza impuesta y presente ante sus ojos. Uno de los fotógrafos que le marcó especialmente, y que trabajó con dunas, es el japonés Shoji Ueda. Durante más de cuarenta años la duna fue protagonista en muchos de sus trabajos, era “su teatro de las dunas”, allí en Tottori o cerca de su casa de Sakaiminato. Pero, para Shoji Ueda, las dunas eran sobre todo el escenario perfecto para descontextualizar a sus figuras, un decorado neutro con un aire puro. Eso mismo es lo que encontramos en estos desiertos de Luis Vioque. Él retrata un vasto espacio vacío, la nada que acaba siendo algo, ante nuestra mirada escrutadora. Y de repente vemos…, identificamos surcos en la arena, sombras amenazadoras, pequeños atisbos de vegetación, formas variopintas dibujadas por los millones de granitos de arena que, como moléculas, dan vida a esas figuras que se mueven y se redibujan sin cesar. Nuestra mirada mal-educada no sabe ver sin reconocer, sin racionalizar. Aquí, ya no es posible. * * * Mutabilidad. Nuestra imaginación se dispara; soñamos como aquellos niños que juegan a identificar cosas mirando las nubes pasar. Pero en realidad lo que estamos viendo es un repertorio de texturas y sensaciones, ofrecidas por la propia Naturaleza y recogidas por Vioque. Superficies lisas como la seda, otras rugosas y horadadas por el viento, pequeños brazos de arena que se abren camino; en definitiva, huellas del paso del tiempo que nos hacen recordar las Dunes fotografiadas por Weston en el año de 1936. Voluptuoso. Acostumbrados a ver en sus trabajos anteriores unos paisajes en los que existe una composición panorámica, con una línea que marca indudablemente ese horizonte divisorio, aquí la curva se impone como protagonista. Cuerpos desnudos, hechos de arena y moldeados por el viento, se nos presentan como aquellas curvas voluptuosas de las Odaliscas retratadas en el siglo XIX. La suavidad de estas líneas serpenteantes que zigzaguean, lleva nuestra mirada hacia la profundidad de estos territorios, hasta el punto en el que perdemos la línea del horizonte y todo se confunde. En ellos rezuma una atmósfera de desnudez extrema. Las dunas se convierten en cuerpos reducidos a composiciones de luces y sombras; verdaderas abstracciones para la mirada. Estos paisajes mutantes, instantes fugitivos como los denomina Juan Manuel Bonet, y que Luis Vioque recupera para nuestra mirada, nos trasladan a aquellos lugares de lo exótico que tanto fascinaron a la sociedad decimonónica. Pero en esta ocasión no hay ese Otro exótico representado; aquí estamos solos ante lo infinito, ante nosotros mismos, ante la incertidumbre. Infinito. Algunas imágenes muestran la Naturaleza en toda su inmensidad, evocando de alguna manera los paisajes de Ansel Adams, en los que las dunas se convierten en murallas que nos impiden ver más allá, amenazantes, inaccesibles, infranqueables; incluso nos llegan a envolver en su torbellino de aire y arena: dunas antropófagas. En ellas, esa línea del horizonte ondulada se difumina al puro estilo de las pinturas de Turner, en las que la atmósfera enturbia nuestra mirada; como si nos hubiera entrado arena en los ojos. Ante esta escena sublime, el espectador siente escalofríos. De repente, un intruso aparece en la imagen, la figura humana penetra en estos paisajes, como explorador, como viajero, como caminante. Va dejando la huella de sus pisadas, pintando sobre las dunas, marcándolas por un tiempo más o menos corto. Lo que prima es su silueta, el gesto de su pisada, como aquella depositada en la luna, prueba irrefutable de la lucha que existe entre el hombre y la Naturaleza. Figuras errantes se desdibujan sobre la línea del horizonte, casi como espectros. Sin rumbo, desorientadas, miran hacia la lejanía, como nosotros a través del objetivo de Luis Vioque, buscando un camino, una salida. Las huellas que se cruzan, unas con otras, delatan la confusión, la errancia, como viaje interminable, laberíntico, angustioso. Desaparece la silueta, tan sólo queda su rastro, pequeño vestigio, una señal-signo, recordando algunas fotografías de Richard Long de la década de los ochenta (desierto del Sahara). Y, de nuevo, permanece una geografía estratigráfica, extraña y desconocida para el espectador expectante. Atemporal. El tiempo se detiene, se congela y nos deja ahí, permanecer en el regazo de aquellas dunas, observando, privilegiados, ante la visión de un paisaje imaginario. La emoción emerge, aflora por los poros de nuestra piel, estamos asistiendo a una representación magistral de la Naturaleza. * * * Cuanto más extraño, más placentero, revela Addison (Los Placeres de la imaginación, 1712). Estos paisajes atemporales presentan una quimérica belleza que produce en el espectador un sentimiento de respeto ante una Naturaleza aparentemente inhóspita, pero de gran belleza. Su vastedad, el no poder percibir sus límites, produce un horror deleitoso capaz de embaucar al paseante-espectador. Pero esta grandiosidad no siempre es amenazante, también es acogedora. Nos envuelve con sus brazos-dunas. Su tersura es de una belleza que penetra en nosotros, hasta el punto de hacernos creer que estamos en un territorio ajeno a la tierra y que no nos pertenece; de ahí que resulte extraño y fascinante a la vez: un lugar imaginario. Deambulamos de una duna a otra, de una odalisca a otra, de una muralla a otra…, buscando algo que no sabemos qué es. Y, de repente, nos detenemos ante un mar de luces y sombras, un paisaje trascendental, sublime; en definitiva, un verdadero placer para la imaginación. Virginia de la Cruz Lichet, junio 2010.