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PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017
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PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017
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PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017
x PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017
x PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017
x PANORÁMICA ÍNTIMA Josep M. Rodríguez Al final del soneto XVIII, William Shakespeare escribe: “Mientras los hombres puedan respirar y los ojos ver, / vivirán estos versos que a ti han de darte vida”. La idea no es nueva. Unos años antes, Pierre de Ronsard ya presumía ante Hélène de Surgères de ser capaz de encerrar la belleza de ella en un poema. Sin fecha de caducidad. Desoyendo la vieja advertencia de Virgilio: tempus fugit. Porque escribir es apropiarse de aquello sobre lo que se escribe. De hecho, todo arte implica tomar posesión. Pienso en los antiguos pobladores de Altamira, dibujando bisontes para favorecer su futura caza. Y pienso también en el París de las fotografías de EugèneAtget, de René-Jacques, de Izis, de Robert Doisneau… La ciudad que retrata cada uno de ellos ya no existe y, a la vez, no ha dejado de existir. Como el gato de Schrödinger dentro de la caja. Las fotografías secuestran la realidad. Se han convertido en una segunda memoria: álbumes familiares, reportajes de boda, postales… ¿Quién no ha posado en alguna ocasión frente a un edificio emblemático estando de viaje? Somos hijos de los hijos de Zenón: con cada imagen pretendemos detener la flecha en llamas de nuestra vida. Ahora bien, el arte es otra cosa. Vicente Huidobro escribe: “El poeta es un pequeño Dios”. Marcel Duchamp transforma una rueda de bicicleta en un símbolo de la modernidad. De hecho, André Breton define los ready-made como objetos cotidianos “elevados a la dignidad de una obra de arte gracias a la elección de un artista”. Ambición. Voluntad. Concepto. Ahora imaginemos que unos turistas orientales se detienen frente al Partenón. Foto de grupo. Evidentemente, esa imagen pertenecerá al ámbito de lo personal. Un simple souvenir gráfico. Y, sin embargo, Martin Parr le da la vuelta, convirtiendo la escena en una de sus obras más significativas. ¿Cómo lo consigue? No centrando el objetivo en el templo griego, sino en los turistas. Reírse del mundo contemporáneo es su forma de no caer en el tópico. La ciudad de París también escapa a lo previsible de la mano de Willy Ronis o de cualquiera de los fotógrafos mencionados al comienzo. Y lo mismo sucede con la América de Robert Frank, Stephen Shore, William Eggleston… Con el Mediterráneo de Bernard Plossu. O con la Islandia de Luis Vioque. * * * Hace ahora dieciséis años que Luis Vioque publicó su primer libro: Un viaje imaginario. El título era ya una declaración de intenciones. Toda una poética. Porque sus fotografías no sólo secuestran la realidad, también la descontextualizan. Transformándola en ficción. De hecho, aquel viaje imaginario era más imaginario que viaje. Recuerdo que el volumen se abría con la instantánea de un rayo que atravesaba un paisaje con tendido eléctrico –dibujando así unos ejes cartesianos–. Pues bien, la imagen está tomada en Carrizosa, un pequeño municipio de Ciudad Real. Más allá de la anécdota, este dato evidencia que Luis Vioque no necesita escapar de su entorno más próximo para hacernos partícipes de una belleza delicada y sencilla en su complejidad. Es lo mismo que sucede con la pareja que camina bajo una hilera de árboles casi machadianos en Membrilla, con la escena como de bibelot nevado en San Sebastián de los Reyes o con cualquier otra fotografía del libro. No en vano, Jack Kerouac le escribió a su amigo Robert Frank: “Tenemos ojos para algo”. A aquel primer trabajo de madurez le siguió en el tiempo Mares de Portugal. Josep Vicent Monzó apunta en el prólogo que las imágenes de esta serie “realzan la belleza del paisaje”. El efecto es el mismo que perseguía Frederic Edwin Church y los pintores de la Hudson River School. Y, en cierta medida, conecta también con la definición bretoniana de los ready-made. Dignificar lo cotidiano. El viejo coche blanco aparcado frente a la Praia de Santa Cruz, la luna llena de Sagres o, en Viana do Castelo, las barcas con las proas levantadas, igual que levantan sus picos las crías de pájaro esperando alimento. Tenemos ojos para algo, sí. Porque todo se reduce a la mirada. Pintores, escritores, fotógrafos… La Islandia de Luis Vioque huye de los lugares más tópicos: los géiseres o las casas con los tejados de hierba, por ejemplo. Esos decorados tan reconocibles ubicarían al espectador y romperían la narrativa de su obra en marcha. Su ficcionalidad. Imágenes conectadas entre sí, como si formaran parte de un solo proyecto. A la manera de La comedia humana de Honoré de Balzac. Así, los faros de Reykjanestá y São Pedro de Moel alumbran un mar único. ¿Acaso no podría incluirse la instantánea de la casa de Seljalandsfoss en Un viaje imaginario? Incluso la serie Océanos de arena –sin duda el trabajo más diferente de Luis Vioque, por las características del paisaje desértico que captura– dialoga aquí con las fotografías de Lónsfjörður. A través de la mirada, el artista crea una realidad irreal. Nueva. Sin fecha de caducidad. Es ya el pequeño dios de Huidobro. * * * Balzac afirmaba que al fotografiar un paisaje o a una persona le estábamos quitando una capa a su esencia. Personalmente creo que es al revés: todo artista deja una parte de él en aquello que retrata. Frederic Edwin Church viaja hasta el norte de Canadá para pintar una serie de cuadros sobre icebergs. Casi parecen los mismos que Luis Vioque trae a estas páginas. Dos creadores, hermanos de hielo. Y, sin embargo, más allá de las diferencias connaturales a ambas disciplinas, lo cierto es que hay una búsqueda distinta en cada uno de ellos. Las imágenes de Luis Vioque tienen su propia marca de agua, su idioma único. Se trata de vistas panorámicas tan limpias que incluso funcionan perfectamente al reproducirse en formatos pequeños. Para Matsuo Bashō, un haiku es lo que está sucediendo “aquí y ahora”. Henri Cartier-Bresson pulsaba el botón de su Leica justo en el “instante decisivo”. Roland Barthes mostró su fascinación por ese haber estado ahí (“avoir-été-là”) de las fotografías… Un momento que el haiku y las imágenes de Luis Vioque apresan desde la naturalidad y la sencillez. No importa si Bashō escribe sobre el monte Fuji o si lo que contemplamos son los icebergs de Jökulsárlón: no hay grandilocuencia. La fotografía de Luis Vioque va más allá de mostrar la grandeza del escenario, a la manera de los románticos o incluso de los pintores de la Hudson River School. La niña que dibuja corazones en Borgarnes o el hombre de Laugarvatn están en armonía con la naturaleza. Forman parte de ella. No hay oposición. Una actitud diametralmente opuesta, por ejemplo, a la de “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar David Friedrich. Panorámica íntima. Si tuviera que definir el estilo de Luis Vioque utilizaría sin duda esa expresión: panorámica íntima. Dos palabras aparentemente opuestas, que se unen y se llenan de sentido en cada una de sus fotografías. El virado a sepia aumenta sin duda la sensación de atemporalidad y nos invita a la nostalgia. Pero siempre desde una visión amable de la realidad, incluso cuando retrata una tormenta o un desierto o un iceberg. En cierta ocasión, Bashō y uno de sus discípulos contemplaban el vuelo juguetón de unas libélulas. De repente, el segundo exclamó: “¡Rojas libélulas! / Si le quitas las alas / son vainas de pimienta”. La respuesta del maestro no se hizo esperar: “No, así no, acabas de matar a las libélulas. Di más bien: ¡Vainas de pimienta! / Si les añades alas / se vuelven libélulas”. Pues bien, como quería Bashō, como pretendía Shakespeare: mientras los hombres puedan ver, los paisajes de Luis Vioque seguirán con vida. Josep M. Rodríguez, junio 2017