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Un haibun es un diario de viaje que alterna prosa y verso. Tiene su origen en el Japón del periodo Tokugawa y, sin duda, el más conocido de cuantos se han escrito hasta ahora es Oku no hosomichi (1702) de Matsuo Bashō –que Octavio Paz y Eikichi Hayashiya tradujeron por primera vez al español en 1957 con el título de Sendas de Oku.

 No hace falta remontarse a las detalladas descripciones que Pausanias hiciera de Grecia, allá por el siglo II. Tampoco a las crónicas medievales de Buzurg Ibn Shahriyār o de Marco Polo. La literatura contemporánea rebosa de narraciones nacidas al hilo de un viaje: Ryszard Kapuściński, V. S. Naipaul, Cees Nooteboom, Claudio Magris… En ellas se combina la reflexión, el relato, la autobiografía o el inventario de paisajes y costumbres. Y a nada de ello es ajeno el haibun. Si bien, cabe matizar, su prosa es predominantemente descriptiva. Y suele verse intercalada o rematada con un haiku. He aquí un ejemplo, de Sendas de Oku: «En Matsushima / ¡sus alas plata pídele, / tordo, a la grulla».

El haiku irrumpió en Occidente hace poco más de un siglo: Ezra Pound, Federico García Lorca, Allen Ginsberg… La nómina de autores europeos y americanos que han tentado su escritura es desbordante. Y, sin embargo, por más que esta breve estrofa es la piedra angular del haibun, muy pocos son los poetas que se han aventurado en su hibridez.

Quizá el caso más relevante sea el de John Ashbery: a comienzos de la década de los ochenta, el ya por entonces galardonado con el premio Pulitzer de poesía, publica A Wave, un libro en el que incluye treinta y siete haikus y seis fragmentos en prosa inspirados en el haibun. Y he escrito «inspirados» a conciencia, porque el haibun es para Ashbery un trampolín: le da impulso. Pero su salto es un salto hacia la heterodoxia.

De entre las principales características del arte, su resistencia a dejarse poner las esposas. Su capacidad para reinventarse y mudar la piel. Miguel de Cervantes dio a imprenta el mejor libro de caballería desde la parodia de los libros de caballería. Marcel Duchamp convirtió una rueda de bicicleta o un urinario en obra de arte por el mero hecho de ser intervenidas por el artista. René Magritte escribió Ceci n’est pas une pipe debajo del dibujo de una pipa. Vicente Huidobro culmina su poética con el verso: «El poeta es un pequeño Dios», en tanto que es capaz de crear la realidad por sí mismo.

 Volvamos entonces a empezar, ¿qué es un haibun? O mejor, ¿qué es Haibun?

 

 

 

Este proyecto tiene como punto de partida el haibun tradicional japonés. Pero solo como punto de partida. No podemos negar que nuestra visión del objeto artístico está condicionada por la tradición moderna occidental, siempre tan dispuesta a huir de lo previsible. A reaparecer de una forma completamente diferente.

 Pero vayamos por partes. Luis Vioque es un fotógrafo de la naturaleza. Su mirada limpia y sutil encuentra, en este sentido, referentes en Josef Sudek o en las dunas y demás paisajes de Edward Weston. En otro sitio traté de definirla con la expresión «panorámica íntima», que casi parece un oxímoron, una contradicción. Porque lo panorámico es Wagner o Turner o los bulevares de Pissarro. Lo íntimo, en cambio, es Chopin y Vermeer y Hopper y Ella Fitzgerald. Pues bien, Luis Vioque consigue unir esos dos alejados extremos. Y al hacerlo, domestica el mundo.

 Por todo ello, sus imágenes usurpan en este libro el lugar que correspondería a los fragmentos en prosa del haibun, primordialmente testimoniales y descriptivos. Imágenes que acompaño de poemas escritos con voluntad de concisión –algo que siempre ha sido una obsesión para mí–, pero que no son haikus: Escribir haikus /

centrándome en la forma / hubiese sido / un ejercicio / demasiado mecánico / y artificial.

 Son poemas, insisto, con voluntad de concisión pero que tan pronto coquetean con el haiku como con otras formas de lo breve: aforismo, microrrelato…

 

 

 

Cuando iniciamos este proyecto hace ahora cuatro años teníamos en mente las peripecias americanas de Jack Kerouac y de Robert Frank. Su viaje conjunto. En nuestro caso iba a ser –y ha sido– un viaje por Andalucía. Pero no por la más reconocible, sino por una Andalucía que poco tiene de postal turística.

No obstante, ese viaje conjunto casi no pudo ser. Lo impidió la situación sanitaria que hemos vivido no solo en España, sino a nivel global. De ahí que la mayoría de las fotografías y textos de este trabajo hayan nacido de visitar el mismo lugar pero en momentos distintos. En alguna ocasión, incluso, el poema es un diálogo que nace únicamente de la imagen.

Gunnhild Øyehaug escribió un cuento sobre un niño que nace con un cordón umbilical irrompible. Por mucho que lo intentan, los doctores no consigue romper ese vínculo resbaladizo y grasiento entre la madre y su hijo. Están destinados a estar juntos para siempre. Pues bien, algo de eso hay en este libro: por más que las imágenes y los textos tienen autonomía propia, es cuando están juntos que están completos. Y ya va a ser imposible romper ese vínculo.

 

                                                                                                                                                                  JOSEP M. RODRÍGUEZ

 

 

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